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XII
APOTEOSIS DE ADRIANO
Certes, ce qui palpite ainsi
au fond de moi, ce doit être l'image, le souvenir visuel, qui, lié à
cette saveur, tente de la suivre jusqu'à moi
Marcel Proust
Nombró el mundo
Eulogio Florentino Sanz
Lo primero es una mención
en una página amarillenta
de un volumen de Cantú,el
segundo
de la edición de Gaspar-Roig
de 1854. Tengo
doce o trece años, y descanso
en una hamaca bajo los pinos
que rodean la casa de mi abuelo
en el campo.
El ruido de las chicharras
impregna una brisa cálida;
cerca, en la era, el sol de
Agosto abrasa el barro
de los pajares. He tomado ese
libro
de la biblioteca de la casa.
Leo de pronto:
“Era una mezcla portentosa de
virtudes y vicio”.
El estilo vanilocuente de Cantú
seguía narrando las razones de
ese escándalo. A
mí aquellas palabras me crearon
un excelente Emperador que
aunaba
esas dos experiencias que ya
entonces
constituían lo que amo,
perseverar en lo que muchos
llaman vicios
y en lo que yo llamo Cultura.
Seguramente en aquel colegio
donde intentaron abozalar mi
inteligencia
habría escuchado el nombre de
Adriano,
pero es a esa siesta venturosa
a la que debo que su imagen
anidara en mi vida.
Cinco años después, un desolado
paraje, junto al “Muro de los
Pictos”,
esa muralla que él alzó
al furor escocés, casi en la
desembocadura
del Tyne. Una neblina helada
envuelve
el lugar; una voz agradable de
mujer me indica: Son
fortificaciones de Adriano.
Casi escucho
fragor de hierros en la niebla.
Hasta aquí llegó Roma, me digo
con orgullo.
Dos
años más tarde, es la VITA
HADRIANI
de Spartiano. Prosa no
memorable, pero sí
las hazañas que sueña.
Me conmueven la lucidez, ese
coraje, la generosidad
de ese espíritu altísimo, y
cómo me turbó
con el poema que conserva
y que en Gregorovius después
encontraría
y en la versión de Pound:
“Animula
Vagula, Blandula”. Era una
noche
de Primavera, en Murcia;
cálida, mágica.
Luego es Gibbon.
Llueve sobre París. 1965. Hace
muy poco
dejé el apartamiento de la rue
Marx Dormoy y ahora vivo
en una casita en Bry-sur-Marne.
Llueve, hace frío; no
mucho, pero ya enciendo la
chimenea
y da gusto leer a su amparo.
Abro DECLINE AND FALL. “No
quedó -leo-
provincia del Imperio
que no honrase con su
presencia”. Admiré -qué cercano-
a ese incansable viajero.
Después -el libro ardía en mis
manos-
las memorias que a su nombre
vincula
mi nunca bastante venerada
Yourcenar.
Ah qué fiesta de los sentidos y
la inteligencia.
No era una sombra de un mundo
desaparecido,
sino alguien como yo, que podía
aconsejarme, hacerme ver qué
absurdas
tantas de mis ilusiones, qué
ociosos
este o aquel temor, qué
acertadas
lealtades. Cómo latía en esas
páginas
-Dion Casio no la “vio”- esa
alma errante
que desde las arenas de Arabia
y Mauritania
a Bretaña salvaje,
extendió “el arco del Imperio”,
desde el Danubio alRhin,
pacificando Asia, poblando los
dilatados horizontes
de sabias arquitecturas, leyes
justas,
ese griego de corazón,
Graeculum,
el primer Emperador con barba
de filósofo.
Son, una noche, las tres cartas
que le debemos a Dositeo. Y
-¿1980?- una relectura
lenta, paladeando cada palabra,
cada pensamiento,
la hondura de su reflexión, de
MÉMOIRES D’HADRIEN,
sentado en una sombra, en el
Foro romano,
teniendo ante mis ojos los
restos del inmenso
-cantan su belleza quienes
jamás lo vieron-
templo de Roma y Venus.
Luego
fue Itálica. Con la luz
andaluza que bruñía
los árboles y los despojos de
la gloria.
Pasé mis manos por aquellas
piedras.
Toqué el Imperio. Dejé que me
invadiera
una dicha solemne. Comprendí.
La memoria de Adriano, esa
memoria donde la pasión se funde
con el Arte, placeres, leyes,
gestas
de la espada, ¿no es lo mismo
que los Silencios de la
Maestranza? ¿El rostro de Adriano,
el orden de vivir que irradia,
su sabiduría,
no lo he visto a veces en
alguno que me topo
paseando junto al río, en ese
puente
por el que bajará la Esperanza
de Triana,
mientras me encamino a la
grandeza
de los vinos y tapas del “Sol y
Sombra”?
Y es en la Primavera
del 85, Villa Adriana, esas
ruinas inefables
de lo que él nos regaló
como museo de reproducciones
de lo que había amado en este
mundo,
el Liceo de Atenas, la
Academia,
el Pórtico de los Colores,
canopes que eran la memoria
del Egipto, estanques a la
sombra de luminosas arboledas
donde las ninfas extendían sus
mantos,
aves de lumbre, furia de los
sentidos, y la alta Biblioteca
donde dejar volar los
pensamientos. Allí, por esas sendas
Adriano paseó con otros seres
escogidos
o bajo la noche al amor se
entregaba
con hermosas mujeres y
adolescentes como ángeles. Allí toqué
la piel de la cima del refinado
espíritu
de un gran Jefe de Hombres. En
su honor
-él los había escuchado en los
largos atardeceres-
dije yo allí en voz alta versos
de la ENEIDA, de Homero, de
[Propercio,
de Safo. Dije
“Interea mediumAeneas iam
classe tenebat
certus iter fluctusque atros
Aquilone secabat
moenia respiciens, quae iam
infelicis Elissae
conlucent flammis”, evoqué
las astucias de Ulises, el
cuerpo
de esa virgen de rubios
cabellos
del Libro II de las ELEGÍAS. .
. Las palabras resonaban
sobre el silencio de las ruinas
como si fueran luz del sol.
Y ahora, una vez más,
esta tarde de bronce, junto al
Arno,
vuelves a mí en la fotografía
que las manos de una joven
sostienen, un Antinoo. La joven
lo contempla conmovida.
Pienso que como pocos otros
símbolos
de lo que amo, tu memoria
ha acompañado asiduamente
mi vida. ¿Cuántas veces
he pasado -hasta ya ni mirarlo-
ante esa Moles Hadriani, ese
Sant’Angelo
que me lleva a SanPietro?
Cuando ni miras algo,
es que ya está en tu sangre,
tan tú como tu carne.
Como lo es el busto de las
Termas,
o el asombroso del Vaticano, y
cerca de él,
ese divino Antinoo como Baco,
ese joven bitinio
cuya sensualidad, cuya belleza
-ah, haber podido ver el de
Antoniano de Afrodisias-
incendiaron tu alma.
Cuantísimas mañanas
lo primero que mis ojos han
contemplado al despertar
ha sido el Panteón, por mi
ventana sobre la placita;
y cuántas noches, la última
copa junto a la fuente
ha brindado por su belleza,
y ha brindado por ti.
Un gran maestro dijo que uno
se obliga a vivir porque de vez
en cuando
vivir es extraordinario, es
memorable.
Entre esos instantes
-Juan de la Cruz o pasear por
Istanbul, Mozart, Velázquez,
Nabokov, Borges, Shakespeare,
el mar,
eso que a veces hay en la
mirada
de una mujer-,
pensar en lo que hiciste,
tu recuerdo de Emperador tan
sabio y valeroso,
enriquece mi vida, anima
mi pensamiento. Bien podría
decirte lo mismo que hace años
ofrecí a Marco Aurelio en unos
versos:
Te hubiera seguido con orgullo.
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